como un enfant terrible!




"Quedan infinidad de cosas por compartir, juntos..."







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Estaba cansado pensando si en verdad estabas donde ahora estas.
no lo sabía
todo en el todo de ti
es parte del todo de mi...
si lo sabes! y no lo puedes reclamar, por que al final somos los dos, la única razón para quedarnos es estar solos

my name is

my name is corruption and I live down the steps of this city

sure you can not leave as easier than you think
I never remember a face and I lie, up your dreams
no
I won´t try to save anyone, I'm alone

MANíAS

La manía (del griego antiguo μανία maníā ‘locura, demencia, estado de furor’) es un trastorno mental consistente en una elevación anómala del estado anímico.
http://es.wikipedia.org/wiki/Man%C3%ADa

Las obsesiones diarias nos convierten en viciosos de nosotros mismos, como quien no puede dejar de ver si alguien se puso mal una camisa de botones, o simplemente la incapacidad de ver algo sucio.
La reestructuración de nuestra persona hacía estas obsesiones, que nos llevan a estados de un momento a otro, además de ser convencidos de que es difícil dejarlos por el simple hecho de que se han convertido en parte de tu personalidad, algunos mal vistos indiferencia por otros y una forma de originalidad en algunos casos.

Todos las sufrimos, es una clase de locura que nos convierte en comparativa con otros en humanos, la incapacidad consiente de decisión del cuando y el donde no existe.


héctorlapin

De mi amigo Oscar

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Mi ultimo recuerdo de Héctor es que cargaba madrigueras en el pecho. Al menos, eso me pareció.
Las tenía pegadas al pecho como balazos, de los cuales brotaba una sangre enmarañada que, en realidad, eran hilos rojos que salían de los hoyos de su suéter raído.
Lo recuerdo jugando con el hilo rojo enredado en su dedo índice, moviéndolo de derecha a izquierda hasta que el dedo se le ponía blanco y, entonces, desistía del ahorcamiento.
Le conté tres madrigueras, pero no estoy seguro. Su sonrisa fácil me distraía. Las tenía prendidas al pecho, como insignias, unas más grandes que otras, una justo al centro del pecho, pero alejada del corazón. Parecía que Héctor las había hecho de distintos tamaños para tener siempre salidas y entradas diferentes, como si lo que tuviera en el pecho se exteriorizara por tallas.
Con las mejillas ligeramente rojas por el vino tinto que bebía a sorbos, tranquilo y castigando la mano derecha a cargar su copa, mientras la izquierda desobedecía y lanzaba ademanes al aire para hablar, su voz se hacía más clara a medida que pasaban las horas.

Reía sin problema, alzaba la voz, escuchaba, se mesaba el cabello y cambiaba de posición en el sillón. Era, en el estricto sentido, la estampa de un soñador.
Tenía las plantas de los pies limpias, como si nunca hubiera tocado por el polvo o si en vez de caminar, flotara; el cabello rizado perfectamente caótico que combinaba con una mirada segura de quien está convencido que tiene toda la noche, controlada, en el fondo de una botella de vino.

Por eso, tal vez, me sorprendió lo que pasó a la mañana siguiente.
Héctor desapareció.
Dicen, quienes vivieron con él, que simplemente se esfumó frente al espejo.
Alguien lo vio, por el reojo de la cerradura del baño, lavándose la cara, frotándose los brazos, revisando minuciosamente cada pedazo de piel. Con las manos en el cabello, Héctor repetía la rutina de hacer de sus rizos un caos ordenado, un desorden premeditado.

Pero a la mitad del ejercicio, con sus dedos entre la cabellera, Héctor sintió una textura extraña que no era otra cosa más que uno de los hilos rojos de su suéter pegado al cuero cabelludo y que estaba creciendo justo en la parte trasera de la cabeza.



Divertido, Héctor enredó su cabello en el dedo índice, moviéndolo de derecha a izquierda y jaló el hilo cada vez más fuerte, cada vez más largo, hasta qeu en el último tirón su cuerpo se deshilachó.
Lo último que quedó de Héctor fue una bola de hilos negros con rojo, mezcla de cabello y tela, que cayó ligeramente frente al espejo empañado.
Se alarmaron por horas, lo buscaron por días, lo vocearon por semanas y lo esperaron durante años.
Héctor jamás apareció.

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Mi último recuerdo de Héctor es que cargaba madrigueras en el pecho, Si me preguntan, diré que lo extraño, que lo quiero, pero que me gusta donde está.
A veces me escribe cartas desde su escondite, burlándose de su supuesta desaparición, preguntando cómo van las pesquisas; se ríe cuando piensa que se salió avisar, en plena libertad, como quien está convencido de que tiene toda la existencia, asegurada, en el fondo de una botella de vino.
Al chico de cabello rizado, de la sonrisa amable, de los ojos calmados, de las manos pálidas, de los pies limpios, de la voz clara, le gusta pensar que sólo él y yo conocemos el secreto de su truco de magia, parecido al conejo que desaparece del sombrero del prestidigitador.

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Sólo que está vez el conejo fue él cuando entró por una de las madrigueras que escondía en ese suéter raído, a buscar una tela roja del mismo color que los hilos de su suéter, con las cuales se fabricaría un corazón.


Ese es el último recuerdo de Héctor y su historia: una carta enviada desde algún lugar que sólo él y yo conocemos para avisarme que, como un conejo que trabaja en su madriguera, esta diseñado un corazón con hilos rojos.

Uno tan grande, tan rojo, que no se le va a salir jamás, por los hoyos de suéter rojo, su preferido, con el que construye su estampa de soñador.

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archivo de sombras